Yo adoraba el verano, ¿Ustedes no?.

Era la mejor de todas las estaciones,  incluso mejor que las de trenes, y mira que me gustan las de trenes, me parecen poéticas y misteriosas, una mina de historias que esperan, entre andenes, ser contadas.

Yo adoraba el verano.

Unos días en el pueblo con los abuelos, donde me asilvestraba con esmero, prescindiendo  de todas las exigencias tediosas del invierno y la ciudad.

Adiós a los zapatos enlutados, cerrados, negros, ataúdes de pies.

Adiós al cepillo asesino, empeñado en desenredar los enredones, en maniatar mi rendida cabellera en una coleta, ‘doña perfecta’, cola de caballo altiva y estirada.

Adiós al uniforme azul y gris, a la bata de rayas verde y negra, todas las niñas igualitas y todas tan anárquicamente diferentes, a ellas, y entre sí.

Adiós a los insufribles y opresivos leotardos, al pasamontañas de lana picante que acababa asesinando sin piedad a la coleta equina, en cuanto me lo quitaba de un tirón, mientras subía al autobús, justo cuando mamá dejaba de mirarme por la ventanilla.

Libertad despeinada y a correr, por las calles del pueblo, sus paseos, el pinar, la fuente y sus veinte caños, los campos, los arroyos.

A comprar el pan con el abuelo, olores dulces de rosquillas, huecas de aire delicioso. El chato en la taberna, por favor, por favor yayo, un polo de naranja.

Como costaba meterme en casa cuando el sol crepuscular de la hora violeta nos guiñaba el ojo y se despedía a regañadientes, entre las espigadas agujas del convento de Santa Ana.

A coger moras, a bañarnos al río en la rodadera, a robar a hurtadillas los higos del vecino.

Luego, a la playa, donde los días, las semanas y los meses se estiraban como chicles de fresa, de los buenos, de los de bola, de una peseta en la máquina bajita de colores, de la esquina de los autos de choque de las ferias, cerca del puerto y de la churrería.

Todo parecía nuevo cada verano en la costa. Vestido nuevo, bañador nuevo, recortables de muñecas, tebeos de ‘Esther y su mundo’, todo nuevo.

Nuevos amigos, helados y gaseosas.

La muñeca Nancy entre mis brazos, dio paso a las canciones protesta de lluis llach, sentados en la hierba de la urbanización, guitarra en mano.

Las excursiones en bici a la playa desierta y entre pinos de los Capellanes y el cine de verano al aire libre de la noche estival,  cedieron cortésmente su lugar a la discoteca abierta a los menores, en las tardes calurosas de agosto, y esta, a su vez, dió su sitio a los bailes sin freno y alocados de «Flash» y de «la Cage», las soñadas ‘boites de nuit’ de los mayores.

Pase de las manos de papá y mamá por el paseo de las palmeras, camino del helado de leche merengada de la ‘Ibense’, a la mano inexperta y vergonzosa de mi primer novio, madrileño, guapísimo, rubio, educado, algo aburrido, lástima que no guarde ninguna foto, les hubiera gustado conocerlo.

El verano era lo mejor, no cabe duda.

De entonces hasta hoy, un gran paréntesis, desierto de palabras.

Fue en aquellos largos y lánguidos veranos donde empecé a escribir, mis diarios, mis notas, mis pequeñas novelas de princesas.

Luego nada, la vida pidió paso y el boli y el papel se lo cedió.

Los estudios, el matrimonio, los hijos, el trabajo de fuera, el de la casa, la intendencia, la compra, los deberes… a las mujeres de mi generación no nos quedó tiempo para mucho más. ¡Ah sí! Para la culpa. La culpa de no llegar a todo, de hacerlo todo mal. Nos vendieron una moto trucada y la compramos, vaya si la compramos, o al menos yo lo hice, ¡Ah, que tonta!.

Ahora la muerte y la enfermedad lo han igualado todo por los pies.

Ya no es el verano la mejor estación, ni la de trenes.

Ahora me vuelve loca, de gusto y de placer la primavera, me divierte a rabiar el manto anaranjado del otoño y ver cómo rejuvenece mi piel seca, con el benigno frío del invierno.

Estreno vida en todas ellas y eso, me reconocerán, no tiene precio.

He vuelto a tomar la pluma de los cuentos y de los sueños, convertida en teclado y en pantalla, y no creo que la suelte en mucho tiempo, que el tiempo ya no existe, que es ahora, la vida haciéndose presente en cada letra.

Que escribo para ustedes, es evidente, pero que escribiría igual si no estuvieran, tenganlo por seguro que lo haría.

EN EL SILENCIO MUDO DE LOS MUERTOS
TRANCHE DE VIE
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