Uno y otro y otro más, y así, hasta mi último aliento, recordándote, oliendote de nuevo, intuyendo tus pasos por el pasillo hueco.

Hoy es uno de esos malos días. Ya no hay tantos en el año como antes. Antes, los buenos eran tan pocos… y tan malos como los otros. Ahora, quedan sólo algunos pocos malos. 

Es muy gracioso, sino resultará patético, porque son malos para mi, mientras que para el resto del mundo, la fecha se celebra con flores, alegría y felicidad. 

Ahora, aquí, sentada entre sus recuerdos, lloro su vacío, porque me da la gana.  

Una vez más, siento que voy a contra a luz.  No es nuevo, no me sorprende, hace tiempo que rompí el paso.

No me sirve el «mujer, ya pasará…», hoy no lo quiero, no es para mi.

La ausencia de mi hija muerta, en el más oscuro de los sufrimiento, en la más fría de las soledades, no pasará nunca, hoy por lo menos, no.

La lloro cuanto quiero y porque quiero.

La lloro a voz en grito y dejo que mi grito se eleve, junto a tantos lamentos que hoy, reclaman su lugar en la devastadora cifra de esta maldita  enfermedad que se los está llevando a puñados. 

Mueren hoy, como lo hizo mi hija hace unos años, solos, como se muere en las unidades de cuidados intensivos, asistidos por entregados desconocidos, que ven cómo las almas huidizas, se les escurren sin remedio, entre sus dedos enguantados, bajo su aliento enmascarado, ante sus ojos encharcados.

Mueren solos, en las Ucis de miles de hospitales saturados.

Mueren ahogados, sin aire propio ni ajeno que poder llevar a sus sedientos pulmones carcomidos, sin esperanza, sin nada, sin nadie, que es peor, si cabe peor muerte.

Quizá por eso hoy, mi llanto es más profundo, más hondo, más doliente.

Cada muerte, cada número, cada imagen del dolor vivido, es vivido dos veces por mi herido corazón. 

Para mi, no son un dígito más, en la curva estadística de algún político ciego de orgullo y de codicia. 

Para mi, es otra vez ella, es otra vez Ana la que muere,  mi hija, mi pedazo de vida desmembrada.

He echado mis cálculos de oveja, de rebaño engañado por los medios, vendidos bajo mano y a buen precio, y decido llorar bien fuerte, alto y claro, con unas 30.000 familias españolas, que lloran cada día la muerte de los suyos.

CARTAS DESDE EL HOGAR
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