EL HUECO

Pero, ahora yo, todavía no lo sé.

Hoy cojo el ave de las siete cincuenta y cinco. Cierro la puerta tras de mí, pensando que su hueco vacío… (me pregunto si hay huecos llenos, o si este hueco, algún día se llenará)… pensando que su hueco vacío se queda en casa, pero no es así, su hueco está en el hueco de la escalera, en el hueco del ascensor, en el hueco del aire de la calle de octubre, llevo su hueco dentro y se viene conmigo, vaya a donde vaya.

Esto, tardaré un tiempo en comprenderlo, pero ahora no, ahora yo, todavía no lo sé.

Ocupo mi asiento. Por suerte nadie se sienta junto a mi, en su hueco vacío, el que tantas veces ocupa ella, con su cuerpo adolescente, frágil y hermoso, sus manos suaves, su aroma cálido, su amada presencia que lo llena todo. 

En diez minutos mis mejillas se convierten en el río de siempre, el de todos los días, el de todas las noches, desde que ella se me muere. No me importa que miren, me quito las gafas negras, de duelo negro, como mi traje negro, ahora comprendo el negro, ese color ausente y hueco de todo colorido, lo llevo adentro, bien en el fondo, impregnándolo todo de fría oscuridad. Ese negro y mi llanto son lo único que tengo, así que me agarro a ellos, con firme desesperación.


«Propera estacio, Barcelona Sants», ¡ya estamos con los idiomas!, antes me molestaba, ahora ya, nada me molesta, cuando es la vida la que molesta y sobra, cuando sólo la muerte lo ocupa todo, cuando el hueco es tan grande y tan vacío, todo deja de molestar, todo son tonterías, memeces sin importancia de los muertos que anda junto a mi, pensando que están vivos, cuando la única viva soy yo, sintiendo que estoy muerta, más muerta que los muertos, más muerta que mi hija, que lleva muerta un mes.

Cojo un taxi dos calles más abajo, no espero la fila de la parada de la estación, esos trucos ya me los sé, los aprendo durante los tres años de interminables visitas al hospital de Barcelona, buscándole nombre a su enfermedad, probando tratamientos, haciendo transfusiones, tirando la toalla, proponiendo el “clavo ardiente” del trasplante de médula, que aceptamos coger entre las manos, cansadas, insensibles al calor insoportable de la última oportunidad desesperada.

He quedado con mi cuñado en la puerta del Clínico, el traerá las cajas de cava personalizadas con su nombre, «Ana desde el Cielo», y su gratitud para todos los que la trataron bien, en ese inmundo e inhumano edificio que la vio morir durante seis nauseabundos meses. Enfermeras, auxiliares, camilleros, servicios de limpieza, vecinos de las cámaras de aislamiento, de la planta de oncología y trasplantes de ese puto hospital.

Cava para celebrar su muerte, cava para celebrar su vida, cava para todos, menos para los médicos que la mataron, para los que nosotras sólo fuimos conejillos ignorantes, ilusos, ciegos de ilusión barata, un número más en su bella estadística, que coloca a nuestro país, entre los primeros del mundo, en algo, en esto, en matar.

Ahora sólo lo veo así, sólo lo miro así, sólo quiero el negro de mi negro hueco.

Algún día eso cambiará, pero no ahora. Ahora yo, todavía no lo sé.


En el tren de vuelta, el hueco de mi hija lo llena un joven pelirrojo con cascos, entretenido con su pequeño ordenador, que no se da ni cuenta de que llevo todo el viaje llorando sin solución de continuidad. No lo ve ni lo escucha porque mi llanto es tierno, sereno, silencioso, benigno y dulce. Con la lengua me enjugo las lágrimas que llegan a las comisuras de mis labios resecos y cuarteados por el dolor y la falta completa de cuidados hacia mi propia persona, para que cuidarla, si esa persona que fui, ya no existe, anda muerta de vagón en vagón, de tren en tren, de día en día, de noche en noche, negra y muerta, llena de huecos negros y de negros vacíos.

“Próxima estación, Zaragoza Delicias”, antes me gustaba el nombre, «Delicias», ahora ya no le encuentro gusto a nada, salvo a mis lágrimas que no cesan, ¿a qué saben las lágrimas?… da lo mismo a lo que saben, da lo mismo que haya gente, no la veo, ando en completa soledad, entre los trenes, en las calles, en la casa, en mi cuerpo, en mi interior, todo es hueco, negro y frío, cortante, intocable, si lo toco me quema, como el frío, me quema.

Abro la puerta de la casa vacía. Oigo los pasos de mi marido al fondo, no se a donde va, no se lo que hace, ni lo que piensa ni lo que siente, ni lo sé ni me importa.

¿Qué tal ha ido?

Bien.

Me encierro en mi habitación llena de su vacío.

Algún día eso va a cambiar, pero ahora no. Ahora yo, todavía no lo sé.

VERANO A VUELAPLUMA
BREVE ENSAYO SOBRE LA ILUSIÓN
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