Inmersa en el proceso creativo de la escritura, me siento un poquito paranoica.

Como ya os dije, voy todos los martes a un taller de escritura creativa.

Es divertidísimo.

Cada semana me mandan tarea para casa. Escribir un relato corto donde ponemos en práctica lo aprendido en clase.

Resulta estimulante, porque te invita a crear, interesante, porque descubres a cada momento cosas nuevas sobre ti, sorprendente, porque siempre creo que no voy a poder y puedo.

Siéntate a escribir un día, solo una vez, por probar, por ver lo que sucede y verás…

Es maravilloso.

Para empezar, me he dado cuenta de que los relatos que narro ya estaban escritos en algún lugar. Vienen a mí sin más. Tienen vida propia y cuando voy a corregirlos el proceso se acelera y se hace solo. Cada palabra encuentra su sinonimo, su lugar o su ausencia. Se tacha o se añade por sí misma, como cobrando vida. Resulta misterioso y a la vez tremendamente excitante, (Salvo las faltas de ortografía, esas las sigo consultando al corrector, debido a mi dislexia, y aún así no parecen dispuestas a dejarme ir… jjjjj).

Estas sensaciones me hacen preguntarme, pongo el «modo» filósofo, si quizá, todo, lo que se dice todo, ya está escrito en algún lugar, y si es así, ¿dónde y quién lo escribió?, ¿A caso seré yo?, (Jijiji, como en el chiste). Es también la misma idea que plantea la fabulosa película “Interestelar”, ¿No seremos nosotros mismos en otra dimensión gravitacional?

¿Para que?

Paranoide… jijiji.

También he podido sentir el ritmo, el pulso de la vida, en la escritura.

A veces, corre veloz y todos son puntos y comas. Las más.

Otras, se detiene a contemplar y describe, con parsimonia lenta, el devenir. Las menos.

En ocasiones camina sinuosa, filosofando sobre el sentido último de las cosas o se ríe de sí y del mundo, sin contemplaciones.

Es delicioso.

Algo tan sencillo como tomar un lápiz y un papel… Y, ¡Voila!, el mundo en tus manos.

He descubierto también, escondida en mí, a una pequeña poeta, infantil y algo cursi, pero muy divertida, que se recrea haciendo rimas, como cantando por dentro, tarareando viejos poemas olvidados.

En otras ocasiones, son tantas las cosas, todas sutilmente unidas entre sí, por un hilo de plata invisible, que se me presentan, se me abalanzan, se me vienen encima, invadiendo los más recónditos espacios de mí conciencia abierta de par en par al proceso de crear, que me doy cuenta de que todo no cabe en él de repente encogido folio y tengo que tachar y tachar y tachar.

Y tachar duele.

Y a veces mucho.

Cuando leo a los grandes maestros de la literatura, su manera de narrar, de describir, de abrir mi alma, de desgarrarla, de hacer con ella, a su antojo, cualquier cosa. Su genialidad, parece tan fácil, y me siento tan insignificante a su lado. Es entonces cuando pienso que nunca seré capaz de escribir nada realmente bueno o valioso. La humildad con mayúsculas me viste completa con sus ropajes y me convierto en la mujer increiblemente menguante.

Todo eso me pasa cuando escribo y me sorprendo, extasiada, de que me guste mucho más el ‘proceso’ en sí mismo y la manera en que ocurre, que la criatura que luego emerge de él.

Mis relatos y no hay nada más alejado de la falsa modestia que esta afirmación, son mediocres, faltos de genialidad y a menudo infantiles, pero me estoy dando cuenta de que no me importa demasiado (un poco si… jijii). Disfruto tanto escribiendolos que, de momento, eso me basta y me sobra. De momento.

Quizá tenga algo que ver con lo que dicen los sabios… lo interesante de nuestro paso por la vida es el ‘paseo’ en sí mismo, no tanto a dónde nos lleva.

DISFRUTAR DE CADA PASO.

Y con esto y un bizcocho…

LOS OLVIDADOS
DESPUES DEL CANCER...
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