Tumbada en el confortable diván de la consulta, observo atentamente el lienzo de la pared, una marina, digna hija del mejor hiperrealismo pictórico.

La orilla de la playa y las olas paladeándola a placer.

¿No seré yo misma una ola?, ¿no lo serás tú, y tu y todos?

Venimos del océano profundo, nacemos a la orilla, unos, atravesando la playa entera hasta el malecón, apurando la vida sin remedio, otros, apenas naciendo para morir, algunos, vomitando espuma, salvajes, saltando acantilados, provocando rugidos y desastres a su paso, otros muchos en un silencio insignificante, anónimo, invisible.

Están las olas que no llegan a nacer y las que hubiera sido mejor que no alumbraran. Las temidas olas que lo arrasan todo, que arrebatan vida sembrando la muerte. Las hay hermosas, limpias y alegres, de bella espuma blanca, que traen a mi memoria divertidos juegos estivales, en una infancia añorada, perdida.

Pero todas y cada una de ellas regresaran al mar, al océano profundo y eterno del que proceden y al que conforman de modo inexorable.

Quizá en algún tiempo indeterminado, conducidas por las ocultas corrientes de las profundidades marinas, lleguen a nacer de nuevo, en una nueva orilla, de un nuevo mundo,  de una nueva dimensión.

«Una ilusión, una sombra, una ficción, y el mayor bien es pequeño; que toda la vida es sueño, y los sueños…». Hace años que no duermo bien, pero cuando sueño, sueño de verdad y quien sabe si quizá todo esto, este diván, está marina, el sonido relajante de las olas, no sea más que un sueño. Si Calderón levantara su insigne testa, quedaría asombrado contemplando como, cuatrocientos años después de su muerte, sus congéneres siguen perdidos en los mismos dilemas eternos de su barroco siglo.

Todo eso pienso mientras observo la Marina y escucho el sonido suave y adormecedor de las olas que el terapeuta ha conectado convenientemente al efecto de conducirme al trance.

Los párpados comienzan a pesar, los ojos se entornan hasta cerrarse sin remedio, cansados de oponerse a lo inevitable.

La amable voz del psicoanalista, experto en hipnosis y regresiones, hombre serio y enjuto, que peina canas en su barba de nieve, en la cabeza brillante, en las espesas cejas y en sus profundos ojos milenarios, me conduce de la mano hacia el estado de frecuencia alfa, donde floto a su antojo, libre de cadenas y condicionamientos.

Me invita con dulzura a viajar en mi mente diez minutos antes llegar a su consulta. Puedo ver el parking medio vacío y como aparco mi coche con facilidad y rapidez.

Viaja ahora, me susurra, a un lugar diez meses atrás. Estoy en la fiesta de cumpleaños de María, rodeada de buenos amigos que se alegran de mi evidente recuperación. Todos dicen que el cáncer no se me nota nada, ni que fuera un grano.

Vamos hacia atrás. Diez años antes. En la fría consulta del hospital, el médico nos comunica el incierto diagnóstico de la enfermedad rara de mi hija, diseritropoyesis congénita de tipo dos, la que acabó con ella en tan solo tres años de cruel pesadilla. 

Cuanto más atrás voy, más claro es el recuerdo, más revivido, se presenta ante mi como la fotografía de un álbum olvidado en el armario de la memoria subconsciente.

Vamos ahora a viajar a un lugar de tu infancia. Tienes diez años. Estoy en mi casa de Zaragoza, abriendo emocionada y feliz los regalos de Navidad. Los Reyes magos  me han traído el kit completo de limpieza, con todos sus accesorios, cubo, fregona, bayetas, plumero y delantal, no me puede gustar más, casi tanto como ahora… que cosas.

Viajemos más atrás, me dice, a cuando tenías tan solo unos diez días de vida. Me veo en brazos de mi abuela Charo, en la casa de Daroca, junto a la puerta baja, frente a la fuente de los veinte caños. Me arrulla con cariño y me dice lo bonita que soy, no hagas caso de lo que opinen los demás, pimpollo mio. En la cama, mi madre yace desmayada, casi sin vida, a punto de dejarse ir, con una hemorragia dulce que los médicos no saben cómo parar.

Vayamos ahora diez semanas antes de ese momento…

Estoy dentro. Floto en un oscuro mar primigenio, cálido y seguro, mecida en movimientos suaves, escuchando una voz dulce y delicada, conocida y amada.

Vayamos hacia atrás, momentos antes de tu concepción… 

Fundido en negro. Dejo de oír su voz, de hecho, dejo de oír, de ver, de oler, de sentir. Dejo de ser yo, si bien, sigo siendo más yo de lo que nunca he sido. No estoy en ningún lugar, porque no estoy, solo soy. No hay tiempo en el que suceda nada y nada sucede, ocurriendo a la par lo más sublime, la experiencia de la totalidad. Me voy perdiendo a mi, para encontrarme en todo. 

No hay más palabras, sólo la nada más absoluta, completa y llena de un todo inimaginable.

Viajó a otras vidas, lo sé, más no lo recuerdo.

Vuelvo a la orden serena y suave de su voz ancestral… Regresa, regresa, regresa, y yo obedezco y vuelvo. Abre ahora los ojos lentamente, me pide. Con gusto los abro.

Tumbada en el confortable diván de la consulta, observo atentamente el lienzo de la pared, una marina del mejor hiperrealismo pictórico…

LA CORRIENTE SUBTERRÁNEA
EL VALOR DE LO BANAL
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