Ando pensando estos días sobre la fórmula perfecta para mantener alejado el cáncer de mi nueva vida.

Ya se que todos habéis pensado lo mismo que yo… Esa fórmula, apreciada amiga, no existe.

Pero, ¿y si… sí?

Consistiría sencillamente en quitar de la hipotética ecuación todos los elementos tóxicos, nocivos, alérgenos, peligrosos, ya sabéis…

Podría formularse tal que así :

Salud es igual a = mi nueva vida menos – «X», multiplicado por × tiempo de amor.

Nunca he sido muy buena en mates, así que esta fórmula, en un sentido puramente científico, seguro que adolece de mil defecto, pero yo ya me entiendo…

El dilema consiste en encontrar la «X». Esos elementos negativos que he de restar en mi particular ecuación. Son aquellas «pequeñas cosas», como cantaba Serrat, que mi subconsciente, sin saber muy bien porque, relaciona con el origen culpable de esta maldita enfermedad. La respuesta a la gran pregunta… ¿que causó mi cáncer?

Sacar la «X» de la ecuación puede parecer muy fácil, pero no siempre lo es.


Veamos…

Es relativamente sencillo eliminar de tu vida… el alcohol, las grasas, los hidratos, los azúcares, la soja, los lácteos, el gluten y un sin fin de productos que como todo el mundo sabe (o cree saber), producen cáncer.

En su lugar introducimos, frutas, vegetales, legumbres, hortalizas, frutos secos, el rincón, oligoelementos y en general, todo lo que no de sombra. Y ahora ponte a pensar un buen rato en que narices no da sombra… jijiji.

¡Ah!, sumale por supuesto, ejercicio físico moderado y un breve etcétera de supuestos hábitos saludables. Largos paseos, aire libre, sol inteligente, evitando horas centrales del día, provisto de protectores solares cincuenta o más, descanso, sueño reparador, hidratación avanzada, que vaya usted a saber qué es eso, agua mineral por supuesto, pero no demasiado mineral, que es mejor de baja mineralización.

Y para terminar, la gran panacea, el nuevo milagro de la Nueva Era, el remedio incontestable, la piedra filosofal, el Santo Grial, la solución infalible…

El mundialmente famoso «pensamiento positivo».

Todo esto, además de agotador, suena un poco a broma, porque yo, que ando un poco descreída y de vuelta de muchas cosas, permíteme que te diga, lo pongo todo en cuarentena.

Vete a decirle a un niño de cuatro años con leucemia que tenga pensamientos positivos porque los negativos lo llevarán a la tumba, o mejor vete a decírselo a su madre.

Déjame que lo ponga todo en duda, que le dé la vuelta al mundo, que deje las cosas patas arriba, que me ría un poquito de las generalizaciones, incluida esta.

No debo olvidar restar, en mi ecuación, a todas las personas nocivas y tóxicas que pueden envenenar mi nuevo y saludable cuerpo de superviviente de cáncer.

El problema no es eliminar a las «malas» personas, si las hubiera o hubiese, el problema es que las «buenas» también han podido estar en el origen de mi mal.

Los terribles e innumerables enfados con mi bueno y amado marido, a lo largo de 36 años de vida en común, más común de lo que hubiéramos querido, menos vida de lo que nos habría gustado.

Los terribles e innumerables enfados con mis amigos, tras otra porrada de años, divirtiendome y hartandome, con y de ellos.

Los terribles e innumerables enfados con mi sufrida familia, con la que, los años que cuento, son mis mismos años.

Los terribles e innumerables enfados con mis santos hijos, hijos más de la vida que mios, gracias al cielo, hijos benditos, hijos queridos, adorados hijos.

Creo saber que la muerte de mi hija me volvió loca y enloqueció probablemente a mis células, invitandolas, por error, a devorar todo aquello que no debían.

Ya no lo se.

Ya no se nada. O quizá sí…

Sé que si saco de mi ecuación todas esas cosas y a todas esas personas, a las que tanto amo, me quedaré vacía. Y puede que sea esa la fórmula para vivir más años, pero puede que no lo sea para vivir feliz.

¿Como voy a sacar de mi pensamiento, de mi corazón, de mi vida, el recuerdo, dulce o mortal, de mi Ana?

¿Como podría llamarle vida, a una vida sin ella, sin su memoria cierta, sin su presencia eterna, sin su aroma, sus fotos, sus collares, su último pijama, su muñequita «Bu», su pañuelo de seda, su mirada perdida en un mediterráneo profundo como profunda es su alma?

Si mantenerla viva, en mi, me mata, pues a morir me voy, que importa.

Si nunca me gustaron las matemáticas, por algo será.

¡A la mierda las ecuaciones!

DESPUES DEL CANCER...
UN REGALATO
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