El primer día del año apenas se diferencia, por más que se empeñe el mundo.

Gracias al cielo abro los ojos y me voy encontrando todo tan tedioso y banal como lo dejé.

Es maravilloso y me maravilla lo extraordinario que es lo ordinario.

Respiro. Me detengo a observarlo. El aire entra, el aire sale, entra, sale. Funciona. Estoy viva.

Me incorporo sin esfuerzo en la cama y echo al suelo mis pies que por arte de magia encuentran al instante sus zapatillas, suaves y calentitas, deslizándose en ellas, haciéndose cosquillas.

Camino del servicio miro al mediterráneo, lleno de mar, de invierno, de memoria. Se llamará  «servicio» donde voy, me pregunto, por lo que presta, o por estar al nuestro, o por servir para algo, sin más, ?, curioso nombre.

El agua sale del grifo y me vuelvo a extrañar de que no extrañe al mundo, tamaño y asombroso milagro de los tiempos.

Me cepillo los dientes sin dolor, sin sangre, sin llagas dolorosas, limpiamente.

Dejo correr el agua por mi cuerpo, mi pelo, mis mejillas, dejo que limpie nada, que de tanto ducharnos, nada limpia, pero mejora el ánimo y refresca y llama al día a venir a nuestro encuentro, para hacer lo de siempre, nada nuevo.

Seco mi piel con energía viva, me visto con un chándal de domingo antiguo y voy a la cocina donde el zumo de fruta ya me espera, recién hecho por Jorge que siempre madruga más que yo, no hay novedades. Bebo agua primero, luego un largo cafe descafeinado, humeante y americano, le dicen así, en estos tiempos globales, largo de agua sin más, le digo yo.

Beber resulta fácil y extremadamente placentero, si se mira bien, hasta una manzana entera me como, con su piel y todo, menos el rabo y el corazón, esos van al cubo de… ?, al marrón y terminamos antes.

Trajino por la casa, muevo el aire, preparo, subo, bajo, limpio un poco, no mucho, no hace falta, no manchamos, sólo dos, y uno con miedo por no llevarse el grito, que te voy a contar.

A las doce comienza una de las pocas novedades del día de año nuevo, el concierto de Strauss y sus secuaces que, bien visto, tiene poco de nuevo o quizá mucho, que ya dijo el filósofo… nunca te bañas dos veces en el mismo río…

Toda la vida, es un decir, desde que tengo recuerdo vivo, me siento a ver la retransmisión en directo de la ópera de Viena, la orquesta, el director, el público, los bailes, los trajes, los peinados, los valses y los sueños de princesas, de Sisi Emperatriz, de imperios austrohúngaros, de viejas guerras, de lejanos países olvidados.

Mientras escucho los primeros compases familiares, mi memoria se escapa junto a Ana, mi niña, mi pequeña, la princesa de mi particular cuento de hadas, la que me lo enseño todo sobre la vida y la muerte, y sobre el extraordinario valor de lo corriente.

Fue durante una primavera cálida, benigna, barcelonesa, mediterránea y húmeda, entre los altos y viejos muros del hospital más afamado en trasplante de médula del país, no me preguntes cual pais, que no hay respuesta fácil en los tiempos que corren, diré pues… mi país.

Allí fue donde curse mi Erasmus intensivo de seis meses de vida cotidiana, donde lo cotidiano brilló, a todas luces, por su ausencia.

Cuando, tras los goteros de quimio arrasadora, Ana intentaba hacer lo ya descrito, o cualquier otra cosa simple y banal para cualquiera, le resultaba tan extraordinario, por no llamarlo duro, difícil, imposible, que el tiempo se estiraba ante nosotras, para darnos tregua, en interminables chicles de amarga lucha por la supervivencia.

Abrir los ojos inyectados en sangre por los capitales que se van rompiendo, no era fácil. 

No lo era respirar, pues hasta los pulmones, como todo, se deprimen en una cámara de aislamiento, cárcel de tecnología y ciencia, oscura y sin ventanas a la mar, sólo un bonito póster de un apacible parque, con su banco y sus blancas palómas.

No era fácil para Ana incorporarse en la cama, enganchada a tantos tubos y cables y agujas salvavidas. Sus pies no encontraban las asépticas zapatillas, ni siquiera llegaban, campanillas colgantes, a tocar el suelo.

Ella sola no podía, en todo la tenía que asistir, que ayudar, con infinito amor, el amor más fácil de fabricar que jamás se haya podido soñar. Ese tipo de amor brota sin filtro, sin límite, sin fin, eterno y a raudales, sin vallas, sin medida, su cantidad inunda, su cualidad deja sin palabras hasta la más diestra pluma de aguerrido escritor. Nunca he amada tanto, ni en tal medida, ni con tanto cuidado ni mimo ni dolor, pues cada gajo de amor era también dolor, pero nadie debía percatarse, ni Ana ni su hermano ni su padre, ni siquiera yo misma había de saberlo.

Ana apenas podía andar, ni escribir ni cantar ni sostener una cuchara entre los dedos, sin temblar, sin tambalearse. Todo el sistema nervioso central se viene  abajo, deja de ser tu sostén, se desordena.

Lo fácil, lo banal, lo cotidiano se hace imposible, misión secreta para superheroinas únicas e irrepetibles.

Lavarse los dientes, ducharse, secarse la piel, que piel… esa que se le fue cayendo, como cuando te pelas en la playa por exceso de sol, pero peor, todo peor, todo en carne viva. Tenía que utilizar una sábana fina, todo lo fina que puede ser una sábana de hospital, porque el roce de la toalla se le hacía insoportable. Yo la envolvía con extremo cuidado y a toquecitos suaves recorría centímetro a centímetro su maltratado cuerpo adolescente, recién estrenado a la incipiente y perezosa  juventud, un tiempo que ya no viviría.

Si era difícil beber agua, lo de comer era impensable, lo intentó hasta que las fuerzas y el esófago la abandonaron.

Sólo dormir entre baños de sudores y febriles pesadillas podía.

Para matar la médula y poder sustituirla, el químico veneno salvavidas arrasa con todo cuanto encuentra.

Todo debía volver a regenerarse tras la infusión de médula alemana, joven, compatible, difícil de encontrar, acto de generoso amor incalculable, pero inútil al fin, inútil para Ana que se dejó partir. Abandono la lucha cuando ya no pudo más, tras batallas de amor ganadas al sufrimiento, tras una guerra tan hermosa como inútil de librar.

Lo que sucedió convino, aunque esa sea la lección más dura que se me haya podido enseñar.

Y entre lección y lección,  masteres y erasmus, aquí vuelvo a nacer, año tras año, día tras día, valorando a precio de oro lo que para muchos es simple calderilla, valorando con mimo apasionado lo ordinario, lo fatuo, lo banal, lo intrascendente y acordándome a menudo y especialmente hoy de los olvidados espartanos, guerreros silenciosos, luchadores valientes, familiares, amigos, personal sanitario, habitantes involuntarios, huéspedes de estas guerras que ya se están ganando en miles de hospitales del planeta. 

LA ORILLA
YOGA DE ANDAR POR CASA
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