La soberbia

 

Ayer me hicieron la primera cura.

Pase el día nerviosa y algo preocupada.

La zona de la mama es una parte extremadamente sensible del cuerpo de una mujer, supongo que parecida a la sensibilidad que deben sentir los hombres donde… ya sabéis.

Sólo de pensar que iban a volver a tocarme y hurgarme la herida, me ponía los pelos de picos pardos.

Pero mi maravilloso cirujano el doctor Queralt, con extrema delicadeza y pericia no me hizo ningún daño.

No puedo entender cómo fui capaz de pensar en retirarle la licencia…  jejeje

La verdad es que los médicos realizan una extraordinaria labor salvando por ahí, todos los días así como quien no quiere la cosa, vidas humanas.

Me he dado cuenta de que después de tres años recorriendo hospitales y médicos de toda España (y algunos de fuera) con mi hija Ana buscando, suplicando que le pusieran nombre y apellido a su enfermedad rara (la que acabo con ella) sin conseguirlo… ha dejado en mí una huella muy profunda, oscura y subconsciente.

Por un lado sufro de miedico (miedo a los médicos) y de hospitofobia (fobia a los hospitales)… jeje

Ya estoy con mis palabrejas Piedrahita.

Por otro lado, tanto el duelo tras la muerte de mi hija como ahora mi enfermedad, me muestran como en un espejo la imagen clara de mi propia soberbia. Lo explico.

En uno y en otro caso, pero sobre todo en  los primeros años de duelo, el sufrimiento es tan brutal, el dolor es tan enloquecedor, la negrura es tan oscura, que llegas a pensar que nadie, nadie en el mundo, nadie en la historia de la humanidad, nadie, nunca, ha podido sufrir nada parecido a lo que tú estás sufriendo.

A eso se le llama sencillamente soberbia.

Hay un tipo genial por ahí que anda escribiendo libros y haciendo una labor divulgativa y didáctica maravillosa. Se llama Eduard Punset y ha conseguido la extraordinaria proeza de meter en mi pequeña cabecita de letras y con no demasiadas luces, conceptos científicos interesantísimos que me ayudan a comprender mejor al ser humano y al mundo en el que vivo. Gracias Eduard.

Pues bien, recuerdo haber leído o escuchado hace algunos años que explicaba su experiencia con el cáncer, que él también sufrió y me gusto mucho porque dijo que la enfermedad le había devuelto a la manada, al rebaño, pero en un sentido positivo.

Con el cáncer entras en el circuito hospitalario, dónde eres un número más, un paciente más, parte de una estadística.

No eres ni más ni menos que el resto de todos los demás pacientes y enfermos que sufren cada día, en todas las ciudades, pueblos y países del mundo.

Y eso sencillamente te humaniza, te hace mucho más persona, te devuelve a la manada junto a tus congéneres, de los que, ilusoriamente, a veces, crees que estás tan separado.

Empiezas a ver a los demás con otros ojos, con una mirada nueva, más humilde y compasiva.

La práctica

Me la enseñaron mis dos maestros de yoga, Víctor y Grazzia, durante el curso de formación de yogaterapia que hice con ellos en Barcelona hace un par de años. Gracias chicos, fue maravilloso y os estaré eternamente agradecida.

Ante la soberbia de mi dolor me invitaron a hacer el siguiente ejercicio:

Baja todos los días al paseo de tu ciudad, siéntate en un banco y observa a la gente que pasa frente a ti… el niño, la señora con la bolsa de la compra, el señor trajeado, la pareja, el chico con patines, aquellos con su chándal y sus zapatillas de deporte, el viejecito en su silla de ruedas pacientemente empujado por su cuidador…  obsérvalos a todos, míralos bien, todos y cada  uno de ellos sufren, han sufrido o sufrirán, algo igual, menor o mucho mayor a lo que tú estás sufriendo ahora. Tú no eres en ningún sentido, en ningún aspecto, superior a ellos y tu sufrimiento tampoco lo es.

Esto me recuerda  la  maravillosa definición sobre la humildad que nos propone el yoga: “la humildad es la justa apreciación del individuo en relación con el universo entero”. No estamos ni por encima, ni por debajo de nadie. Todos somos uno.

La gota de lluvia que cae en el océano durante la tormenta ¿sigue siendo gota  o es océano?

Ahí lo dejo…

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