EL SECRETO DE LA ALQUIMIA

Lo prometido es deuda.

Cuando me decido a escribir sobre Ana y a recordar todo lo que pasó, tengo que reconocer que me sigue costando mucho.

Las lágrimas se deslizan por mis mejillas y se me rompe el corazón por dentro.

Pero también sé que es una forma de sanar y por eso necesito contarlo y compartirlo.

Esta carta la escribí cuando ella murió.

Después de 5 meses en el hospital Clínico de Barcelona, una mañana de septiembre, casi por sorpresa, yo entendí que a traición (protocolos de mi…..da), mientras me tomaba un café en la máquina, cuando volví a su habitación, me detuvieron en la puerta y me dijeron que estaba hablando con algunos médicos, que esperara un momento.
Cuando me dejaron por fin entrar, me dieron la noticia.
Se la llevaban a la UCI, con la excusa de que era fin de semana, con la excusa de que estaría mejor atendida, con la excusa de que cuidarían mejor de ella, porque tenía dificultades respiratorias.

Su mirada se transformó en un grito de súplica.

Me pedía por favor… Mamá por favor, Mamá por favor, Mamá… Sin llegar nunca a terminar esa frase maldita y demoledora.

Me quedé bloqueada.

Estaba sola con ella.

Mi marido y mi hijo trabajando en Zaragoza.

Yo en aquella ciudad extraña, extraña y poco acogedora, dura como el mármol de una lápida de muerte.

Enseguida comprendí y me puse la máscara de madre fuerte, sonriente y confiada.

Le dije que era lo mejor y que si los médicos así lo habían decidido no debíamos dudar.
Que papá llegaría esa misma tarde y que todo iría bien.

En la UCI permaneció con vida 15 días.

15 terribles días.
15 inhumanos días.
15 imborrables días, por desgracia… Que hoy todavía no me los saco de la cabeza.

Solo podíamos ir a visitarla por las mañanas un ratito y por las tardes otro.
Los primeros días estuvo consciente e incluso se comió un trocito de pollo delante de mí y de Chispa ¿te acuerdas amiga?

Pero luego la dificultad respiratoria se agravó hasta que tuvieron que entubarla.

Yo no quería creerlo, pero sabía, en mi fuero interno, que el día que la entubaran sería el último que hablaría con ella.

La cogimos de las manos, su padre por un lado de la cama y yo por el otro.

Ella estaba desesperada porque le era imposible respirar, el aire no entraba en sus pulmones, ya no podía más, se ahogaba literalmente.

Espero que no tengáis que ver a nadie morir así.

Y de pronto nos soltó bruscamente las manos a los dos y nos pidió que la dejáramos.
Nos dijo, nos suplicó, nos rogó:» soltarme, dejarme…

Estaba pidiendo que la dejáramos ir.

Así que salimos de allí y ya no la volvimos a ver despierta.

El resto de los días la contemplábamos absortos, como a la Bella Durmiente, envuelta en un dulce sueño, tapadita, que no tuviese frío por Dios, apagándose, llena de rosarios, de vírgenes, de santos.

Cubrí toda la UCI y toda su cama de estampas de la Virgen… Desesperada.

Recuerdo que le hablábamos en bajito su hermano, su padre y yo.

Cada uno le decíamos lo nuestro… Yo que no tuviera miedo, que aguantara, que no estaba sola, que estábamos allí, junto a ella.

Que no tuviera miedo, que no tuviera miedo, que no tuviera miedo.

Al final, el teléfono sonó una mañana, cuando estábamos preparándonos para ir al hospital y nos dijeron que ya quedaba muy poco, que fuéramos enseguida.

Yo creo que cuando subimos ya estaba muerta.

Mantuvieron las máquinas enchufada como para suavizar el momento final. (protocolos de mi……da).

En ese instante la tierra desaparece debajo de tus pies, el mundo entero desaparece por completo.

Entras en estado de shock.

Todo se queda paralizado, frío de nuevo, como el mármol de una tumba abierta debajo de ti y tú dejas de respirar con ella, te mueres con ella, cierras los ojos y te vas con ella.

Al cabo de un ratito la prepararon y nos dejaron volver a entrar a verla.

Estaba serena, libre de cables, libre de tubos, libre de máquinas.
Tapadita con una sábana blanca, con una sonrisa preciosa en el rostro, que hasta la doctora lo dijo ¿has visto qué bien sonríe?

creo que era porque por fin descansaba.

todo lo que vino después es… Espanto.

Prácticamente ni lo recuerdo, por lo menos no de forma lineal.
Los acontecimientos se acumulan unos encima de los otros, sin ningún sentido, porque realmente todo quedó sin sentido y fue en aquellos días cuando escribí esta carta.

La debí leer en su funeral… Quien sabe.

«EL SECRETO DE LA ALQUIMIA”

En este terrible proceso de enfermedad, dolor, desesperación y pérdida, he decidido escribirte una carta, a ti Anita, solo para ti, siempre para ti.

Durante toda la historia de la humanidad los buscadores espirituales, grandes sabios y maestros, han intentado encontrar el secreto de la alquimia… Como convertir cualquier metal en oro, la eterna juventud, la belleza eterna, la felicidad eterna, la llave de la inmortalidad.

Pues bien, yo aquí, pequeñita e insignificante, creo que he desvelado ese gran secreto.

La alquimia es la transformación… pero, ¿de qué y en qué?

ahora lo sé.

En mis largas noches dé insomnio, dolor y desgarro, me di cuenta de que lo que sentía eran muchas cosas diferentes: rabia, odio, irá, rencor, incomprensión, impotencia.
Cada vez que lloraba, lo hacía sin frenos, sin control.

Explorando lo que ocurría en mi interior comencé a reconocer cada uno de esos sentimientos que me rompían por dentro.
Porque me estaba volviendo loca de pena.

Entonces, en un momento de lucidez, recordé las palabras de una de mis grandes amigas, Pilar, que hace algún tiempo había perdido a su hijo de 16 años.
Ella me explicó que se salvó gracias a convertir su dolor en amor…
Así de fácil.

Comencé a entender que para seguir viviendo y respirando necesitaba encontrar la fórmula secreta para cambiar el dolor, el odio y la rabia por Amor.

No os digo que lo haya conseguido, os mentiría, pero lo que sí puedo deciros es que lo intento cada día y que no cejaré en el empeño.
Esa es la alquimia, esa es la transformación, ese es el secreto.

Y ¿sabéis quien me lo enseñó?
Ana, mi hija querida, mi amada hija.

Ella que en medio del dolor, de la enfermedad, de la desesperación, extendía sus brazos para entregar su amor incondicional a todos los que la rodeábamos.
Por puro instinto, por sabiduría innata.

Ella comenzó a trasformar su dolor en amor, convirtiendo cada instante del día en un momento cariñoso, tierno y dulce.

Solo tenía que mirarla para darme cuenta del milagro que estaba teniendo lugar delante de mis ojos.

El Milagro de la alquimia, el milagro de la transformación, el Milagro del amor.

La eternidad frente a mí y yo sin verla.

Pero ahora lo veo y quiero invitaros a todos a compartir este pequeño tesoro que Ana, nuestra querida Ana, vuestra hija, amiga, hermana, nieta, prima, sobrina, alumna, nos enseño cada día, mientras estuvo con nosotros.

Termino recordando la letra de un viejo bolero: «Espérame en el cielo corazón, si es que te vas primero, espérame entre nubes de algodón y allí nos vemos».

LA PRÁCTICA

  Descarga Espérame en el cielo

Tan sólo cantare mi bolero favorito… «Espérame en el cielo»
Lo comparto por si queréis escucharlo, creo que os gustará.

NAMASTE

Día 71
Día 73
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