YO TE CUIDARÉ…

Esta frase se me repite en la cabeza como un disco rayado… «yo te cuidaré mamá».

Una fría mañana… ahora recuerdo que no lo sería tanto ya que era verano y el calor húmedo de Barcelona es bien conocido, pero a mi todos aquellos días se me antojan fríos e invernales en el recuerdo…

Una fría mañana, en la pequeña celda del Hospital Clínic…

Las habitaciones de la planta de trasplantes estaban por aquellos días situadas en una zona en constantes y necesarias reformas. El vetusto y antiguo edificio comparte espacio y manzana con la vieja universidad de medicina, a donde en secreto Anita y yo nos escapabamos de vez en cuando en nuestros paseos vespertinos.

Los pasillos de esa parte eran mucho más bonitos e interesantes que los del hospital, donde sólo te encontrabas a dolientes como nosotras, arrastrando zapatillas y palos de metal con ruedas, adornados con bolsas y cables de goteros salvavidas, grotescos árboles de navidad de aspecto triste y patetico.

Por eso un día descubrimos la mágica puerta secreta que comunicaba las dos alas del edificio y nos perdíamos por la desierta universidad llena de historia y de fantasmas.

Hasta que un día fuimos descubiertas por un bedel que muy amable nos recordó que a los enfermos con árbol navideño les estaba prohibida la entrada y nos fuimos por donde habíamos venido, entre risitas flojas, como dos niñas traviesas porque ya sabíamos de la prohibición por un gran cartel en la puerta que no dejaba lugar a dudas.

Tengo que confesar que volvimos a infringir las normas unas cuantas veces más… jjj.

Como os decía, la pequeña habitación con su pequeño baño, su pequeña ventana a la oscura calle, se me antojaba celda, aunque me cuidaba mucho de decírselo a Ana.

A ella le decía la suerte que teníamos de poder estar en uno de mejores hospitales del mundo mundial, y con habitación individual (todos los trasplantados disponen de ella para evitar los temidos contagios) como en el mejor de los hoteles.

No se si en secreto ella pensaba lo mismo que yo de nuestra celda… Que tonta, mi niña no era.

Me asombra comprobar que al escribir mis recuerdos todo me parece pequeño, lúgubre, oscuro, triste…

Sigo…

Todas las mañanas y digo bien, todas, conseguíamos llegar hasta la pequeña y precaria ducha y déjabamos correr el agua sanadora por su delgado y lastimado cuerpecito.

Se quedó en los huesos.

Tenía que secarla con extremo y delicado cuidado por que su piel transparente y nueva, durante la quimio la que trajo se le cayó entera a trozos, literal, y está que apenas le cubría era extremadamente sensible a todo.

Un nuevo vestido de angel que no soportaba ni el simple roce de una toalla, así que le secaba con sábanas disimuladamente sustraídas del carro de la celadora que guiñandome el ojo hacían la vista gorda.

Con paciencia infinita y suaves toquecitos iba secando cada centímetro de su tiritante cuerpo que parecía vivir en un eterno invierno.

En aquellas sencillas y cotidianas cosas transcurrían nuestras horas llenas de delicadeza, amor, respeto, conciencia y atención plena… nunca practiqué con tanto fervor la meditación activa, el karma yoga del que tanto me habían hablado mis maestros y sobre el que tanto había leído.

Allí sólo cabía PURO PRESENTE, PRESENCIA ETERNA… nada más.

En uno de esos instantes repletos de magia ella me miro con los ojos llenitos de amor y sabia comprensión, podías ver en ellos reflejada la eternidad entera y me dijo envuelta en la suave sabana: «mamá yo te cuidaré… cuando seas viejita y estés enferma como yo ahora, cuidaré de ti.»

Ay! mi preciosa niña que lo embellecía todo… cuanto te voy a echar de menos en este triste desierto que me toca transitar ahora.

Quiero creer que estarás junto a mí sosteniendo con tu manita mi frente, secando mi cuerpo, dándome la mano, paseando juntas.

Sé que ya estás conmigo… te siento aquí… nunca te fuiste.

LA PRÁCTICA

Llorar.

Si la risa sana… el llanto también.

Lágrimas suaves, tiernas, llenas de buenos y dulces recuerdos, llenas de Ana…

Llanto elegido, permitido, que sin haber sido invitado entra en la casa para con cálido amor…

derretir el hielo del invernal duelo,

abrir las ventanas y que el sol caliente, que la brisa entre y lo llene todo, de alegría nueva, de esperanza cierta.

Creo que me ha salido algo parecido a un poema… jjjjjjj

Feliz llanto.

Día 37
DIA 39
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