Un paréntesis

 

Un paréntesis en mi historia para compartir la de mi hija Ana, que por supuesto también es La mía.

Rebuscando entre papeles para publicar de nuevo la carta que escribí en su día a la donante desconocida, encontré algunas joyas escritas por ella durante los meses de ingreso en Barcelona.

En su día barajé seriamente la idea de publicar un libro sobre todo lo que vivimos en aquellos oscuros momentos, pero el dolor y la rabia de entonces, que hoy van tornándose en amor, me lo impidieron.

Quizá ha llegado el día de que alguno de aquellos papeles vean la luz.

Así lo siento.

Así me lo dicta el corazón y así lo hago.

Esta es la carta que ella me dictó… sus manos temblaban demasiado para escribirla por si misma, durante nuestra estancia en el Clínic de Barcelona.

LOS DEMÁS LAS LLAMAN ENFERMERAS/OS

Dicen que madre solo hay una.

Que equivocado está el refranero.

Yo ahora sé que tengo más de una madre y a todas ellas quiero darles las gracias.

A la que me dio mi recién estrenada vida, infundiendome la médula ósea de mi nueva, generosa y anónima hermana alemana.

A la que me toma la manita, a veces delgada y sin vida, otras veces hinchada por el edema y la retención de líquidos y con cariño infinito me la besa a través de la mascarilla verde que más que separarnos parece conectarnos de forma invisible.

A la que pone su mano en mi frente y al notarla ardiendo escurre gasas de agua helada y las coloca con delicadeza y dulzura en mis tobillos, muñecas, nuca y en mi pobre cabecita rapada al cero.

A la que todos los días y todas las noches viene a recoger mis innumerables bolsas de desechos  cuidadosamente cerradas por mi madre y con una calida y sincera sonrisa me pregunta: “¿Qué tal Anita?”; esperando que algún día yo pueda devolverle esa sonrisa contestando: “Muy bien, mejor que nunca”.

A la que todas las mañanas con mascarilla y guantes en Mano, Limpia minuciosamente hasta el último rincón los escasos 4 metros cuadrados que guardan mi cama, la que llaman ‘Cámara de Aislamiento’, dejándola como los chorros del oro para que a ningún microbio, bacteria, virus, hongo o parásito se le ocurra entrar en ella.

A la que con primoroso cuidado y respeto me lava la espalda. Me seca con delicados toquecitos para no herir más mi lastimada piel. Me unta de cremas y pomadas las partes más íntimas y dañadas de mi cuerpo y me dice: “Esto está cada día mejor”, aunque los ojos de mi madre digan otra cosa.

A la que cada día me hace la cama con una pulcritud de auténtica profesional, sin una sola arruga. Con mi manta azul favorita, siempre limpia, siempre como nueva y dejando cinco mantas más de repuesto para los fríos polares que se apoderan de mí cada noche.

A la que entra con el temido y odiado bandejón de la comida donde solo habita un caldo también llamado ‘agua manchada’ que pocas veces logro terminarme y que irremediablemente acaba en la palangana de los vómitos.

A la del turno de tarde, de mañana y de noche por su complicidad, delicado roce, tierna mirada y gestos sin palabras que lo valen todo cuando el dolor no te consiente expresarte de otro modo.

También me ha salido algún que otro hermano más por aquí.

Aquel tan dulce en su hablar, que aparece con la jeringuilla mágica del cloruro morfico, néctar de los dioses, cuando el dolor te quema las entrañas y hace que las lágrimas como colirio natural, bañen tus ojos cansados, heridos, inflamados. Tengo también un tío nuevo aragónes, como yo, al que todos llaman Bill Gates, que con buen ánimo contagioso, me abre la única ventana al mundo de que puedo disponer… Internet. Además de conducir con innegable maestría la rauda “limusina” del hospital… mi silla de ruedas.

A estas madres, hermanos y tíos los demás les llaman enfermeras/os… pero yo prefiero llamarles por su nombre.

Desde que me trasplantaron la médula tengo una nueva familia mucho más grande a la que me gustaría invitar a comer a mi casa todas las navidades… no sé que le parecerá a mi madre poner la mesa para tanta buena gente… jjjj.

Esta carta va dedicada al magnífico equipo de enfermeras/os, auxiliares y personal de limpieza de la sala de trasplantes de médula del Hospital Clínico de Barcelona.

Con todo mi amor, admiración, respeto y eterno agradecimiento.

Ana Mora

Hoy creo que no hay nada más que añadir.
Dicho queda.

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