Incertidumbre

El otro día me llamo el médico para decirme que la anatomía patológica tardará como mínimo otros 15 quince días más, lo que me confronta de nuevo con esa vieja conocida… La incertidumbre y con su “antídota”… La Santa paciencia.

Lo peor no es eso, lo malo fue la excusa para justificar la tardanza, la inutil explicación para no preocuparme y que consecuentemente me preocupo aún más.

Me dio por pensar…

Si tardan tanto sólo puede deberse a dos o tres sencillas razones:

  1. El tumor es raro o maligno, como en el chiste pero al revés… “Va una paseando con su bebé y le preguntan: ¡Ay! qué niño tan rico ¿cómo se llama? Benigno, contesta. Anda mira, como mi tumor… jejeje”.
    El caso es que necesitan analizarlo más.
  2. Los patólogos están de vacaciones por Navidad, lo cual es completamente natural y comprensible.
  3. Han perdido o son escasas las muestras extraídas.

Y si dejo a mi cabecica darle a esto un par de vueltas más, las causas podrían llegar a ser infinitas y aún peores… Que a veces también a mi me da por ponerme las gafas oscuras del miedo… Qué le vamos a hacer.

¡Así que basta!… Y a otra cosa mariposa.

Me pongo a la tarea de intentar comprender a los médicos… mi gran DILEMA.
Tiene su origen en los tres años de calvario que pasamos mi hija Ana, yo y esa maldita enfermedad rara…
¡Venga! Todo el mundo a colaborar con Isabel Gemio, que lleva años luchando por ayudar a cientos, miles de padres y pacientes, que padecen este tipo de dolencias desconocidas, recaudando fondos para la tan urgente y necesaria investigación.

En ese duro camino encontré médicos de todo tipo y condición.

El que nos acompañó desde el principio y casi hasta el final, desesperado como nosotras por encontrarle nombre a su mal. No he vuelto a saber de él, desde la distancia y el cariño: gracias.

Los médicos amigos y familiares que en la retaguardia sufrían con nosotras sin poder hacer nada. Impotentes.

Y “los otros”… Como la película de Amenábar… Los médicos-fantasmas, también llamados Fantasmedicos, coloquialmente fantasmicos ( como los helados).
Unos, cargados de soberbia y prepotencia (yo soy el nuevo dios)
Otros, por miedo, ignorancia, incopentencia…
Los más, hartos de sufrir, se han construido una coraza tan hermética y cerrada que viven tan ricamente en ella, y claro, ni se les ve, ni te ven.
No me miraban a los ojos, ni a mi , ni a Anita…
Ella que en su dolor se convirtió en puro amor.
Desde la silla de ruedas con la que salíamos a pasear por los grises pasillos del hospital, con su mascarilla, su pañuelito en la cabeza ( lo nuestro nos costó aprender a ponerlo bien, que ella es muy presumida), sus ojos rotos en sangre y que a mi me seguían pareciendo preciosos…
Ella se cruzaba con su médico (¡Ay! Jordi que pena por ti) le extendía los brazos y le decía con la más bella de las sonrisas que jamás veré…
“¿Me das un abrazo?”
Y claro él, desarmado de su dura arma-dura ( atentos a la palabrita que se las trae) se agachaba y la abrazaba con dulzura.

Cuántos médicos deberían aprender estas tres sencillas cosas y practicarlas más amenudo:

  1. Agacharse (en todos los sentidos).
  2. Abrazar.
  3. Regalar ternura.

Tres profesiones hay en las que la VOCACIÓN es, o debería ser, CONDICIÓN.
Cuando falta se nota sólo con mirarlos.
Médicos, enfermeros y maestros…
Más vocación y menos lección.

La práctica

Me he puesto a pensar y para la incertidumbre… equilibrio, que requiere una gran dosis de paciencia.

  1. Comenzamos por la palmera para anclarnos a la tierra y desde ella, con su fortaleza, crecer y transformarnos.
  2. La postura clásica de equilibrio, el árbol, en cualquiera de sus variantes y niveles.
  3. Meditación en el pensamiento semilla.

“A la luz de la certeza
Supero los obstáculos del camino”.
Reposa en tu Silencio.

NAMASTE

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