Siddharta

 

Nochebuena.

Ayer por la tarde me sentía con fuerzas y quise dejar de estar  enferma. Ser  como todos.

Igual que en el chiste…”le dicen a un negro… tú que vas a estudiar y contesta, medicina.

Y en qué rama, le preguntan. Ah! no, no, yo en pupitre como los blancos…” jejeje.

Pues eso… yo en pupitre como los blancos…” Reivindicando.

La normalidad.

Me arregle, me puse mis botines nuevos, me sentí otra vez mujer… fíjate tu que tontería…

y salimos como todos los años a misa, toda la familia, antes de la cena, para decirles a Anita y este año también a papà que nos acordamos mucho de los dos, que les queremos y que cuiden desde el cielo de nosotros. Pensamos que rezamos por ellos, pero son ellos los que rezan por nosotros.

Dicen que rezar es dialogar, hablar con Dios, pues bien… meditar sería más como  escuchar a Dios.

Para mí… pequeños matices que hablan de lo mismo.

Luego a cenar a casa de mi hermano Toño (el famoso traumatólogo) y de mi cuñada Marta( la afamada endocrina, sus pacientes la llaman doctora endrina en lugar de endocrina porque le gusta mucho el pacharán jejeje perdóname Marta pero es que el chiste es buenísimo). Son estupendos y sus hijos más.

Nos juntamos toda la familia más unidos y felices que nunca .

Al poco rato comencé a sentirme cansada,pero no dije nada.

Con mi vasito de agua los observaba riendo, disfrutando, llenos de energía y de vida. Hasta que el cansancio se convirtió en molestia y la molestia en dolor en la espalda en el costado y tuve que decir que me iba.

Me costó, no creáis, no quería estropear   la fiesta.

Yo era la que se quedaba hasta el final, la última que se marchaba, la que más reía ,la que más cantaba, la que más bailaba.

Así que allí se quedaron todos y mi marido y yo nos bajamos en el coche. Durante el trayecto las lágrimas se me escapaban y una tristeza, una gran pena se apoderaba de mí.

Acostada en la cama toda la negrura y el sufrimiento volvieron.

Las peores imágenes se empezaron a reproducir en mi mente como en una película sin fin,”el día de la marmota”.

Mi hija Ana sufriendo en el hospital. Llorando.

La mayoría de las pruebas durante el trasplante de médula se las hacían sin anestesia.

Tenían miedo a que no la superará, porque estaba muy débil y le metían horribles tubos por la boca, a lo vivo, para averiguar porque vomitaba tanta sangre.

No siempre era sangre, a veces el vómito era verde, negro, marrón… de terribles colores que yo recogía diariamente en bolsas de plastico para dárselo a las enfermeras y que pudieran contarlo, medirlo, analizarlo.

Siento hablar de esto y hablarlo así, pero así me brota.

Por cierto, aprovecho aquí para hacer un brindis con el champán de la compasión y el amor.

Moe o la Viuda de com-pa-mor, el mejor champagne del mundo.

Va por todos los que esta noche…  noche de paz, noche de amor… sufren en los hospitales y por sus cuidadores, ángeles, cuidángeles… va por ellos mi brindis.

Recordé también  el sufrimiento de mi padre, tan reciente aún.

La última tarde que estuve con él no permitía que dejara de tocarle las manos,  la cara, necesitaba mi “con-tacto “, otra palabra preciosa que habla de tener y tocar con mucho tacto y cuidado al otro.

Casi no hablaba, ponía pucheros de bebé y lloraba como un niño sin decir nada, con los ojitos apretados, dejando una  lágrima caer por su mejilla casi transparente.  

Ahora entiendo que estaba despidièndose sin yo saberlo.

Entonces como una tabla de salvación apareció mi blog.

Me acordé que tenía que escribir al día siguiente y que más me valía dejarme de tragedias y dramones (si le cambió sólo una letra … dragones).

Solicite al cielo  la inspiración  y entonces allí mismo apareció el príncipe Siddharta. Gautama el Buda…

Recordé su bonita historia.

El príncipe vivía en un palacio maravilloso de donde su padre no le dejaba salir.

Siddharta era tan hermoso, su bondad era tal, que el rey quería preservarlo de cualquier peligro del exterior.

No obstante, el príncipe un día escapó del palacio y bajo a la ciudad y allí descubrió el sufrimiento humano. El dolor, la enfermedad, la vejez y la muerte.

Decidió dedicar el resto de su existencia a comprenderlos.

Se marchó del palacio y vivió una vida llena de experiencias buscando siempre  entender…

Después de muchos años, un buen día, se sentó debajo de un árbol y observando tranquilamente su respiración, se iluminó… ¡toma ya!

Gautama el buda nos dejó todas sus enseñanzas que hablan de amor, de compasión y de paz.

Cuanto me recuerdas Siddhi, a mi Jesús de Nazaret que ha nacido esta noche en Belén.

Si no has leído todavía Siddharta, de Hermann Hesse, te lo recomiendo y si ya lo has leído vuelvelo a leer.

Yo lo hice hace un par de años y me volvió a sorprender.

La práctica

En mi cama, en la negrura de la noche, sin poder conciliar el sueño, comienzo a observar mi respiración natural y espontánea.

El aire entra, el aire sale, entra, sale…

Solo repito eso… cuando entra y cuando sale.

Sin intervenir, sin controlar, dejando que la respiración se  se haga sola.

Al cabo de unos minutos observo mis pensamientos cómo se van espaciando y observo los espacios entre ellos y la calma que se intuye allí. Vuelvo a observar mi respiración… el aire entra, el aire sale, entra, sale.

De nuevo vuelvo al espacio de la conciencia y observo el vasto e infinito océano que se abre ante mí.

Aire donde mire, arriba, abajo, atrás, adelante, en todas direcciones, todo es conciencia plena y desde ahí vuelvo mi mirada al Testigo, a quién observa.

Lo reconozco, me instaló en èl.

Vivo la experiencia de SER, solo eso. Existencia pura, plena ,llena de paz, como la noche. Dulcemente me quedo dormida recordando quién soy… mi verdadera naturaleza.

Día 15
Día 17
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