CONTRATIEMPOS

‘Contra-tiempo’, interesante palabra, digna de escudriñar.

Así, a simple vista, estaríamos ante un acontecimiento que va ‘contra’ el discurrir habitual o cotidiano del ‘tiempo’.

Algo que interrumpe de pronto tu vida.

Hace que te detengas, que dejes lo que estas haciendo y acudas de inmediato para afrontar o solucionar el asunto en cuestión.

Es muy curioso, porque de ‘esos’, estoy teniendo alguno que otro, en estos últimos días.

Al principio pensé: ‘lo que me faltaba’.

Después lo vi claro… ‘lo que me faltaba para detenerme y ver el puzzle con más perspectiva y claridad’.

No pieza a pieza, sino mas bien desde la foto completa que luce en la tapa de la caja.

Ya sabéis que ando en horas bajas.

La moral por los suelos.

Una tristeza triste.

Un cansancio pegajoso.

Unas ganas de nada.

Todos los vestidos del armario me sientan grandes y destartalados, caen sobre mi cuerpo como viejos camisones raídos y arrugados.

Hasta mi marido me dijo el otro día ¿donde vas con eso? Parece una bata de estar por casa… Y yo pensando que era tan glamuroso… jijiji.

Los hombros caídos, la vieja cifosis, el andar cansino y torpe, los pies dormidos e insensibles, el ojo triste sin pestañas, ni ceja, la piel viejuna, la artrosis retorciendo día a día, aquellas manitas que tanto le gustaban a la abuela Charo y que con tanto mimo y dulzura acariciaba como queriendo rememorar algún preciado recuerdo de su hermosa y añorada juventud.

La incomprensión de alguno que me resisto a nombrar, no ayuda mucho, por no decir nada, pero ese temita es demasiado personal y tendré que afrontarlo con determinación cuando recupere las fuerzas necesarias y suficientes.

Lo que tengo claro es que yo ya no soy la misma persona que hace nueve meses, cuando obtuve sentencia firme.

Soy otra o así me siento.

En bajito y en secreto te diré que me gusto más.

El problema es si le gustaré al prójimo con el que vivo.

Debería importarme poco, pero me importa.

No quiero más cargas, ni mochilas ajenas, ni vendedores de culpa, penas y rencores viejos.

Ya no compro determinadas cosas.

Seis meses de quimio luchando contra el cancer me han dejado cansada y desbaratada pero no ciega, ni tonta.

He vivido este tiempo en una extraña pureza protectora, un manto de luz, una conexión directa con la fuente que me ha mantenido en ‘Gracia’, en amor, en paz.

Mi mayor empeño y determinación ahora es permanecer en ella.

Mantenerme así.

Por encima de la tristeza triste, del cansino cansancio, del ensueño de mis pies durmientes… Quiero y necesito permanecer en ‘Gracia’.

Y en este discurrir tedioso del tiempo de verano han hecho acto de presencia los aludidos ‘Contratiempos’.

Todo se ha detenido y he tenido que salir corriendo.

Tengo una vecina deliciosa.

Se llama Carmen, como mi madre y yo misma de segundo.

Tiene una sonrisa encantadora, envolvente, reconfortante, de esas que estas deseando encontrar en el ascensor o en el portal, para tomar aliento y animo antes de continuar camino… Que una sonrisa así es gratis pero vale su peso en oro.

Se te contagia y ya te vas tu también sonriendo durante un buen rato, como si te hubieran dado una buena noticia, o algo… jijiji.

Pues Carmen me llamó tempranito la otra mañana para decirme que mi casa se había inundado.

Y era cierto.

Yo estoy en la playa pasando unos días que todos se empeñan en llamar ‘de descanso y vacaciones’ y que para mi no están siendo ni lo uno, ni lo otro… Que yo aquí sigo luchando mí propia batalla para salir de ‘esta’, como sea…

Nos fuimos zumbando para casa, mi santo y yo, a ver que es lo que había sucedido.

Efectivamente, inundación de las gordas, del quinto a la calle, yo en el segundo, con intervención de los bomberos incluida.

Lástima, eso me lo perdí, con lo guapos que parecen en los calendarios… jijiji.

La excursión a la city resulto muy entretenida, achicando agua y valorando daños, que serán muchos y costosos, por mucho ‘seguro’ que dicen que hay.

Mientras comíamos en un restaurante tan desierto como la ciudad en pleno y ardiente agosto, me entraron unas ganas de llorar terribles.

Me tragué las lagrimas por mí marido y por el simpático dueño del local que parecía empeñado en alegrarme el día con su sonrisa y sus deliciosas recomendaciones de la carta.

La verdad es que salí de allí mas animada y con una nueva visión del caudaloso asunto.

Si se inunda tu casa, pues se inunda.

Se limpia, se repara y a seguir viviendo.

Los seguros se harán cargo de los gastos y yo de limpiar… jijiji.

Nos volvimos tan felices pa la playa, pensando que podría haber sido muchísimo peor y que pobrecita la del cuarto, que a esa si que le cayó todo encima…

La semana que viene, será otro día y Dios proveerá.

Yo empezaré la radioterapia por la mañana y la fregoterapia por la tarde… jajaja.

Que Dios nos coja confesaos.

Pero cuando lleguemos a ese río, cruzaremos ese puente.

Entre tanto aquí en la ‘beach’ se me ha estropeado la nevera, tan nuevecita, grandota y preciosa que parecía y justo, justo fuera de garantía…

¿Que os parece?

Y de momento ningún contratiempo más…

JAJAJA .

LA PRÁCTICA

Nos tumbamos en la hierba del jardín mí jorhijo, mi nuerhija y yo.

Me pidieron hacer una sesión de yoga.

Fue delicioso.

Preparación respiratoria, vertebral, estiramiento lumbar y cervical, rotaciones sobre la espalda, feto, puente, feto, discípulo, liebre, tortuga, feto y una bonita relajación de todo el cuerpo sobre la suave hierva y bajo la luz crepuscular del dulce atardecer de agosto.

No se puede pedir más… Yo al menos no.

NAMASTE

Día 134
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