EL DOLOR DE ENTONCES…

«El dolor de entonces es parte de la felicidad de ahora». C.S.Lewis, autor de las Crónicas de Narnia, dice esta frase en la película «Tierras de Penumbra», dirigida por Richard Attenborough, muy, pero que muy recomendable.

No te la pierdas.

La frase me vino al pelo (ay! no, que no tengo… jjjj) el otro día cuando, eteme aquí, que el guaponcologo, sin mediar jamon 5 jotas, ni regalo alguno, ni piropo, ni ofrenda floral, me obsequió con un gotero de menos, precisamente aquel que hace tan solo unas semanas supuso un gran disgusto para mí.

Cuando todo estaba saliendo tan bien, cuando comienzas a confiar nueva y ciegamente en tu cuerpo, cuando ves que el final del tratamiento se aproxima y que todas las terribles cosas que podían haberte pasado no han sucedido.

Cuando empiezas a sentirte fuerte y segura de ti misma otra vez y justo entonces te dicen que los leucocitos se han ido al garete y que sin defensas es imposible continuar el tratamiento, todo se te viene abajo.

Es sencillamente descorazonador.

Ese dolor de entonces, es precisamente el que forma parte consustancial de la felicidad de ahora.

De la alegria, por tonta que parezca, que supone librarme de ese gotero de quimio que no tendré que recuperar.

No me lo pusieron entonces, ni me lo pondrán ahora y es maravilloso, soberbio, magistral.

Uno menos… jjj.

Pero vayamos a la frase de Lewis que no tiene desperdicio.

Es terreno pantanoso, tan difícil de entender, como de explicar.

Pensando, pensando he encontrado tantos ejemplos que corroboran la frase en cuestión, como la contradicen.

Ejemplos que la apoyan:

El dolor del parto forma parte de la felicidad de tener a tu bebé en los brazos, sano y feliz.

El dolor de la operación del pecho, de los duros e intermibables meses de quimioterapia, forma parte de la felicidad de la curación, del restablecimiento, de la vuelta a la vida.

El dolor de la cera caliente arrancada de cuajo de tus inocentes piernas, forma parte de la belleza y satisfacción de lucirlas perfectamente depiladas… Jajajajaja.

Ejemplos de estos encontraremos mil.

Pero de justo lo contrario, tambien.

Todavía no encuentro la forma, ni la manera de entender el dolor, el sufrimiento inútil de mi hija, en ese odioso hospital desierto, gélido, helador, durante aquel tórrido y asfixiante verano en Barcelona.

Todas las tardes, nos obligabamos a dar un pequeño paseo por los vacíos y amplios pasillos de la planta tercera, donde hasta los enfermos estaban de vacaciones.

Con unos cascos de música compartidos, carrito de goteros en mano y arrastrando zapatillas, nos marcabamos unos sencillos contoneos de baile, al ritmo de Gloria Gaynor y su «I Will Survive».

Alguna enfermera trasnochada y tan perdida como nosotras, nos sonreía y nos guiñaba el ojo al cruzarse con nosotras y las dos soltabamos una risita floja, ante lo daliniano de la escena.

Llegábamos a duras penas hasta el final del infernal pasillo, donde había un gran ventanal, el único que daba a la calle y allí, las dos, obligadas reclusas, pegabamos la nariz a los cristales para mirar, con ojos huecos, a la gente, los coches, los niños, los perros… la vida paseando bajo nuestros pies.

Una vida que se nos escapaba entre los temblorosos dedos.

Ella temblando por la enfermedad, yo por el miedo.

Hoy todavía no encuentro ese dolor en la felicidad de ahora.

Quiza porque no la hay.

Qué tipo de dicha es esta que siento solo a retazos y un poco falsa, edulcorada, forzada, fingida por la necesidad de la supervivencia misma.

A fuerza de mirar para otro lado, de rellenar su ausencia, de soplar sus recuerdos, de ir retirando fotos, de soltar sus vestidos, sus anillos, su pañuelo, su pijama, su aroma…

Obligada, si quiero seguir viviendo, a guardar en el último cajón de la cómoda del olvido, lo que yo más añoro, a lo que yo más quiero.

Todavía no puedo entender la frase…

Todavia ese dolor de entonces no encuentra su sitio en la felicidad de ahora, quizá porque aquél es demasiado grande y ésta aun muy niña, pequeña e incipiente.

Lo que si entiende mí corazón y mí pena es la frase transitiva.
La felicidad de ayer, mi vida junto a ella, forma parte de este dolor de hoy que parece no querer dejarme nunca.

Hay una especie de miedo a la traición del recuerdo amado, en la superación del duelo.

Como si al colgar en el armario el traje negro del luto estuvieramos cometiendo un terrible delito imperdonable.

¿De dónde me vendra eso?
¿En que oscuro rincón del subconsciente habita ese fantasma?

LA PRÁCTICA

Solo me resta sobrevolar.

Elevarme por encima de todos los dolores, las penas, las miserias, propias y ajenas.

En meditación…

Desde Alli arriba, todo cobra una dimensión diferente.

El dolor ya no es el mio, es el del mundo.

La felicidad ya no es la propia, es la de todos.

Ambas, pena y dicha, ya no forman parte del pasado, ni del ahora, ni de ningún tiempo, ni la una pertenece a la otra.

Cuanto mas arriba subo y subo, más pequeño queda todo, alli, a lo lejos, diminuto, pasajero, intrascendente.

Porque lo único que trasciende, que vuela y sube conmigo, que permanece y perdura con mi alma y la suya y la vuestra y la de todos, es el AMOR.

El amor que sentí en el dolor de entonces y que continua iluminando la felicidad de hoy.

NAMASTE

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