Me gustaría deciros que después de la enfermedad, de la operación, de la quimio, de la radio (o transistor, jijiji), de la batalla contra el cáncer, he vuelto a ser la misma, pero os mentiría.

No ha sido así.


Como en toda guerra que se precie, el soldado retorna a casa, ileso o con secuelas, maltrecho o con medallas al valor, en silla de ruedas o con muletas, ciego o con una nueva visión, pero regrese como regrese, nunca volverá a ser el mismo.

Muchas cosas mueren para siempre, en el campo de batalla.

Terminada la lucha, toca hacer recuento de las bajas y cada combatiente lleva su propia cuenta.

Si has salvado la vida, ya es mucho… pero, ¡a qué precio!

Os contaré mi saldo.

Como en todo libro de cuentas, encontramos su debe y su haber.

En el haber…

VIVIR, una nueva oportunidad, un boleto premiado con el gordo, nada más y nada menos.

Un nuevo pelo, de bonito gris plata, fuerte y ondulado, que en un alarde de inoportuna originalidad, he decidido teñir de blanco. El blanco resultó ser un rubio platino y ando diciendo que soy la doble de Carolina Herrera, para dar pistas al anonadado  interlocutor, evitar su asombro y provocar su risa.

En el debe…

tiempo, años, energía, salud, vitalidad, algún que otro sueño, alguna que otra amiga, un buen trabajo, algo de locura, carcajadas sueltas, canciones y bailes, viajes, un proyecto, siete kilos de peso y toneladas de rica cerveza… jijiji.

Durante este último año, lo aposté todo para salvar mi vida.

No faltaron sueños, ni ganas, ni empeño.

Ahora me doy cuenta, de algo que sin duda ha sido muy importante, vivía conectada a Dios, por una puerta, que no se cual de los dos abrió. Apoyada en él, todo ha sido más fácil, pero podía intuir que a mi regreso, de algún modo la conexión perdería su fuerza.

Pedí que no fuera así, pero así ha sido.

Lo asumo, lo acepto, es parte del precio que tenemos que pagar para seguir matriculados en esta universidad de la vida.

Llamo a menudo a esa puerta, que ha quedado entreabierta para siempre. Tiré la llave bien lejos para que nunca se vuelva a cerrar. Por la rendija que queda, entra la luz, el calor y el recuerdo infinito de una anhelada eternidad. Asomo, de cuando en cuando, la cabeza y una  bocanada de amor entra por mi nariz para llenar mis pulmones de energías nuevas, de combustible suficiente para tirar unos cuantos kilómetros más.

Ya no me gustan muchas cosas de las que antes disfrutaba.

Ya no salgo casi nada, huyo de las muchedumbres, de los jolgorios, del bullicio, del estruendo, de las aglomeraciones, del barullo.

Huyo de las prisas, las carreras, los saltos, los gritos, los ruidos, los “no llego”.

Gusto de la soledad buscada, querida, deseada. Del paso lento, de la música suave (Alexa:”pon música de relajación”, y ella la pone… jijiji).

Gusto de la compañía contada, medida, de uno o de dos, de tres como mucho. De la parsimonia, de la lentitud, del tiempo detenido en nada.

Saboreo el no hacer, no buscar, no querer, no añadir ni quitar ni poner.

Como menos, hablo menos, espero menos.

Duermo más, escucho más, observo más.

Soy menos otra y un poco más yo… como el muñeco, jijiji, una pequeña “Poco yo”.


¡Hasta pronto!

PARANOIDE
LA ECUACIÓN
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