Tenía otro título pensado para esta reseña, pero ya me lo ha quitado Saramago, nada más y nada menos que un premio Nobel de literatura, con su «Ensayo sobre la ceguera», libro, a todas luces y en dos palabras, indis-pensable, vamos, que no te lo pienses mucho, si no lo has leído, ya tardas…

Por otro lado, dude mucho sobre si emplear la palabra «ilusión», (que importante es encontrar un buen título). «Ilusión», me gusta y me disgusta a partes iguales. Las dos caras de la moneda. La palabrita en cuestión, contiene en sí misma la propia esencia de su significado, me explico, sin ilusión no se puede ni se debe vivir, a mi entender, pero cuidado con vivir engañado, cegado bajo el velo de la «susodicha».

Y aquí entra mi cuento, mejor dicho, el cuento de nuestro postsocrático amigo, Platón.


«Había una vez una cueva, una gran hoguera y unos esclavos encadenados y obligados a mirar a una pared, donde solo veían las sombras que se reflejaban en ella y que por tanto, tomaban como la única realidad existente. Un día, uno de los esclavos consigue escapar de su cautiverio y salir de la caverna. Cegado por la luz deslumbrante del sol, descubre, con no poco esfuerzo y sufrimiento, una nueva realidad más allá de las sombras, un mundo extraordinario y maravilloso que necesita compartir y decide regresar para contar a sus congéneres la verdad, que desde su nacimiento les había sido negada».

Así pues, hoy os hablaré del mito de la caverna de Platón, del concepto filosófico hindú conocido como «Maya», de la revolucionaria película «Matrix» y de Gautama el Buda. 

Os hablaré de mi paseo por la vida y por la muerte y de cómo, esta última, lo cambio todo. Arrancó la venda de mis ojos, libero mis muñecas de las cadenas que me mantenían mirando las sombras de lo real y me dio a probar el elixir de la realidad última. 

¿Que es verdad, que es ilusión?, ¿Que es real y que es fantasía?, ¿Es lo que vemos lo único que existe?, ¿Hay algo más allá de los límites de la realidad conocida?, ¿Es la muerte el final, es el principio, o es simplemente un tránsito?

Desde que tengo memoria me hago estas mismas preguntas, quizá porque la muerte vino a visitarme a la inocente y temprana edad de doce años.

Mi madre se mata en un trágico accidente de coche, yo borro con un traumático tipex toda mi vida anterior a ese momento, y comienzo a preguntarme…

¿Dónde ha ido mi madre?, ¿Está en alguna parte?, ¿Por qué existe el dolor?, ¿Qué es la existencia y a que extrañas leyes obedece?


Salvando las distancias, el príncipe Siddharta, Gautama el Buda, ( aquí me permito recomendaros la lectura de Hesse), escapó un buen día de las murallas del palacio y conoció el dolor, el sufrimiento, la vejez y la muerte, todo lo que su padre, el monarca, había tratado de ocultarle, encerrado en su castillo de cristal entre algodones. Decidió entonces dedicar el resto de sus días a comprender el por qué de todo aquello. Transcurridos muchos años, en busca de respuestas, sentado bajo un árbol, en silencio, observando plácidamente su respiración, dicen los antiguos textos, que el principe alcanzó la iluminación, el samadhi, la realización y la comprensión absoluta de la inefable verdad de la existencia.

A mi, me falta mucho «pelo pa moño», en ello estoy.

Pero sigamos…

Pasados los años, cuando mi vida transcurría envuelta en una razonable felicidad, mi hija Ana enfermó, de una extraña anomalía de la sangre, clasificada entre las «enfermedades raras», que nos obligó a peregrinar de médico en médico durante cuatro interminables años, que la hizo sufrir de un modo inhumano y atroz y que acabó con su vida, un imborrable 13 de septiembre.

Y todas las preguntas regresaron, de pesadilla en pesadilla, de alarido en alarido, vestidas de negra y devastadora desesperación.

¿Por qué, por qué, por qué?, y sobre todo, por qué ella, por qué yo…

Llevo desde los veinticinco años sentándome en meditación bajo mis propios árboles, llenos de preguntas colgando de sus ramas, observando plácidamente mi respiración, esperando las respuestas y la tan anhelada iluminación, pero ésta, parece haberse demorado… ¡lindo color!.

Mi vida había volado por las aires haciéndose añicos y yo seguía con mis absurdas preguntas imposibles.

Y entonces llegó mi enfermedad, mi cáncer liberador, mi cáncer amigo, mi cáncer maestro.

Al estilo de lo que ocurre en el mito de Platón, el cáncer rompió mis cadenas y me invitó a salir de la cueva, donde había estado encerrada toda mi vida, mirando las sombras, creyéndolas reales, tomando lo ilusorio por real, lo irreal por verdadero.

Me di la vuelta, salí de la caverna y la luz cegadora del sol terminó, a duras penas, nunca mejor dicho, por iluminarlo todo.

No fue fácil. Como el sabio pensador griego había pronosticado, el ascesis a la verdad, en mi caso a través del conocimiento del dolor, la enfermedad, la muerte, la separación y el sufrimiento, no fue fácil.

Cuanto más enferma estaba, cuanto más débil, cuanta más quimio entraba en mi cuerpo y más calva me quedaba, más claro veía, más limpio era todo, más nítido comprendía que aquello que creía real no era otra cosa que Maya, Matrix, mera ilusión. 

Cuanto peor, mejor, cuanto menos, más, cuanto más abajo caían mis leucocitos y mis neutrófilos, más alto volaba yo, más cerca me sentía de Dios, de mi, de ti, de todo…

Curarme me devolvió al sistema, a la gran Matrix, pero ahora tengo otra mirada, otra visión, y un deseo profundo y ardiente de no volver a cerrar los ojos, de no regresar a la caverna, de no ponerme nunca más la venda cegadora de la ilusión.


Pero recordemos que Platón fue más allá, dejó planteada la idea de que si tenías la suerte de salir de la caverna, adquirías el compromiso moral de volver, para ayudar al resto a liberarse de las cadenas de Matrix. 

No me gusta dar consejos, ni recibirlos, pero influida quizá por estos sabios pensadores idealistas griegos, siento el impulso de darte uno pequeño, y ahí va… no esperes a ver morir a los tuyos, no esperes a verlos sufrir, ni esperes al cáncer amigo o enemigo, no esperes más, y si quieres, atrévete y sal de la caverna.

TRANCHE DE VIE
DESDE EL OTRO LADO...
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